
A estas alturas se ha vuelto dolorosamente evidente para todo el mundo que no es este o aquel aspecto aislado de la civilización contemporánea lo que resulta horripilante, sino
nuestras propias vidas en conjunto, tal y como se viven en el ámbito
cotidiano. La absoluta
debacle de la izquierda reside hoy en su fracaso en percibir, ya no digamos comprender, la
transformación de la miseria que es la característica fundamental de la existencia en todos los paises altamente industrializados. La miseria se concibe aún en términos del proletariado decimonónico(de su brutal
lucha por la supervivencia frente a la intemperie, el hambre y la enfermedad) en vez de en términos de la
incapacidad de vivir, el letargo, el aburrimiento,
el aislamiento,
la angustia y la
sensación de absoluta insignificancia que devoran como un cáncer a sus homólogos del siglo XX. La izquierda acepta alegremente todas las mistificaciones del consumo espectacular. Es incapaz de ver que el consumo no es más que el corolario de la producción moderna y que ambos sectores representan idéntica alienación. Es incapaz de ver que toda la pseudovariedad de ocios enmascara una sola experiencia: la reduccion de todo el mundo al papel de
espectador pasivo y aislado, obligado a renunciar a sus propios deseos individuales y aceptar un sucedáneo puramente ficticio y producido en
masa.
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Ningún proyecto,por fantástico que sea, puede ya ser descartado como "útopico".
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Hay que poner todo el poder acumulado de las fuerzas productivas al servicio de la imaginación y la voluntad de vivir del hombre, al servicio de los innumerables
sueños, deseos y proyectos a medio hacer que son nuestra común obsesión y nuestra esencia,y que todos abandonamos sin decir palabra a cambio de algún miserable
sucedáneo. Nuestras fantasias más disparatadas son los elementos más ricos de nuestra realidad.
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"El mundo posee desde hace tiempo el sueño de algo de lo que sólo necesita ser consciente para poseerlo en realidad" (Marx)